La colaboración extrema que busca potenciar el liderazgo social en América Latina

Emprendedores sociales

¿Qué tipo de soluciones aparecen cuando quienes trabajan por el cambio social comparten tiempo, ideas y experiencias de forma intensiva? ¿Es posible que la colaboración profunda abra caminos que ningún proyecto individual podría imaginar? En distintos lugares del mundo -y pronto en el Cono Sur- una red de emprendedoras y emprendedores sociales pone en marcha una estrategia distinta de pensar soluciones ante los problemas regionales e internacionales. En este marco, Ashoka impulsa las Casas de Fellows, una dinámica que reúne a personas comprometidas con los derechos de las comunidades para que convivan e intercambien miradas hasta diseñar propuestas con impacto social positivo. 

Las Casas de Fellows no responden al modelo tradicional de oficina compartida ni al formato de coworking. “Son laboratorios vivos de colaboración extrema: lugares donde emprendedores sociales de distintas trayectorias, territorios y causas conviven, trabajan, discuten, se desafían. Piensan soluciones que ninguno puede hacer solo y que necesitan llevar adelante con otros”, señaló Laura Benbenaste, directora de la Red de Emprendedores Sociales de Ashoka Cono Sur. 

La organización, que tiene representación en diferentes países, ya llevó a cabo esta experiencia en diferentes lugares. Por ejemplo, en México trabajaron sobre migración y en Kenia sobre la polarización de los discursos políticos. En América del Sur, el tema será el acceso a la tecnología y la democratización de esos recursos para el desarrollo social.

“La cercanía cotidiana habilita conversaciones que no entran en una reunión formal. Acelera alianzas improbables, permite detectar oportunidades compartidas antes de que se formulen como proyectos”, explicó Benbenaste. Compartir conversaciones espontáneas y tiempo de trabajo ayuda a que aparezcan soluciones innovadoras y estrategias con potencial. ¿Qué se busca? Desde el impulso de nuevas narrativas hasta el desarrollo de iniciativas legislativas o transformaciones en modelos productivos.

Este enfoque parte de una premisa central: los problemas estructurales que atraviesan la región -como la crisis climática, la exclusión educativa, las violencias por motivos de género o las brechas digitales- no pueden resolverse de manera aislada. Requieren inteligencia colectiva, confianza y la capacidad de compartir recursos, aprendizajes y procesos. En este sentido, las Fellow Houses funcionan como catalizadores de alianzas que difícilmente emergerían en estructuras organizacionales más rígidas o con lógicas individuales.
 

Impacto real

La Fellow House más reciente se enfocó en qué narrativas circulan en las redes sociales y los medios de comunicación sobre migración. Cómo operan en la opinión pública y qué efectos concretos producen en la vida de las personas migrantes y de las comunidades de acogida fueron algunas de las preguntas que respondieron las personas convocadas. 

“Fue un espacio muy enriquecedor que permitió pensar colectivamente nuevas rutas de acción y confirmar que los cambios significativos se potencian cuando existen redes de colaboración auténticas y orientadas al bien común”, afirmó Tomas Lawrence, Fellow Ashoka de Chile y participante del encuentro. Una de las ideas que surgió de esta dinámica fue elaborar una “hoja de ruta narrativa común”, es decir, indagar en los conceptos compartidos entre diferentes países sobre esta temática para avanzar en cómo cuestionar prejuicios y discursos de odio instalados. 

Además de fortalecer el impacto de las iniciativas, estos espacios cumplen un rol clave en el bienestar de quienes lideran procesos de cambio social. El trabajo en este campo suele implicar altos niveles de exigencia emocional y aislamiento, frente a lo que la posibilidad de compartir con pares puede ayudar al cuidado. “Sabemos que no hay impacto sostenible sin líderes sostenibles”, afirmó la referente de Ashoka.

Desde Ashoka, esta iniciativa también expresa una concepción diferente del liderazgo social. Un modelo que se aleja de la figura individual del líder para promover una lógica basada en la interdependencia, el cuidado mutuo y la distribución del poder. Es una apuesta por fomentar lo que hace falta: “Un trabajo con impacto social menos centrado en el ‘yo’ y más en el ‘nosotros’. Un liderazgo que entiende que compartir poder, recursos y visibilidad no debilita, sino que multiplica”, sostuvo Benbenaste.