“La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo” sostenía el pedagogo brasilero Paulo Freire. En el sur global infancias y adolescencias crecen en contextos profundamente desiguales, con accesos muy distintos a oportunidades. ¿Qué pasa cuando la escuela intenta dar una misma respuesta a realidades completamente distintas?. En el primer mes de clases, emprendedoras sociales de la red de Ashoka Cono Sur especializadas en educación debaten sobre los desafíos de las instituciones educativas para contener y formar a infancias y adolescencias.
Para ambas una estrategia necesaria es dejar de pensar la escuela en singular. La diversidad geográfica, cultural y socioeconómica hacen que ir a estudiar sea diferente en cada comunidad, aún cuando las currículas buscan equiparar los conocimientos, sobre la base del acceso mínimo común a la educación de todas las personas.
“Hay que apostar a construir escuelas hospitalarias que alojen a todos, que los incluyan, porque ese es su rol ciudadano: brindar herramientas para el presente y futuro de la sociedad”, consideró Adriana Briozzo Colombo, fundadora de El Abrojo y Fellow Ashoka de Uruguay.
Desde Argentina, la mirada de la Fellow Ashoka de Argentina Beatriz Diuk es coincidente. Especialmente para las infancias y adolescencias que provienen de sectores vulnerados, “es importante una escuela que les abra los brazos, donde se sientan valorados y queridos, donde sientan que su capital cultural es reconocido y es incorporado”, recalcó la referente de Propuesta Dale.
En este contexto, la escuela también asume funciones que exceden la enseñanza. Frente a situaciones de corrimiento del gobierno nacional de la inversión en educación, la institución educativa ocupa roles de contención, alimentación cuando se cuenta con insumos y articulación con otros actores sociales, según analizó Diuk.
Sin embargo, estas demandas tensionan su capacidad de cumplir con su función básica: “para los sectores más pobres no termina de cumplir con su promesa mínima de enseñar a leer y escribir”, advirtió Diuk. Desde Uruguay, el análisis es similar: que la escuela deba suplir a otras instituciones en la garantía de derechos básicos durante la trayectoria educativa inicial de las infancias hace que se demore en alcanzar sus objetivos de alfabetización en algunas realidades.
Una transformación colectiva
La posibilidad de apuntalar el sistema educativo y que este no sea excluyente de algunas realidades se construye a partir de tejer redes. Así como quienes encarnan proyectos sociales edifican puentes de acción, la escuela funciona mejor cuando está inmersa en la realidad comunitaria, siempre de acuerdo a sus posibilidades materiales.
En Argentina, en una realidad de salarios bajos y recursos que menguan, el camino que deben seguir las administraciones provinciales es sostener presupuestariamente el funcionamiento de los establecimientos. En Uruguay, para Briozzo el desafío también está en entender la realidad en la que se mueven el promedio de las familias, que consideran a las redes sociales y los medios de comunicación como fuentes informativas, a la par que lo que enseñan los equipos docentes. Eso va a implicar “flexibilizar los formatos” en los que los contenidos educativos llegan a niñas, niños y adolescentes.
Otra estrategia posible, y que se enfoca en no perder el componente humano, es incorporar el rol de la “maestra comunitaria, que haya egresado de los institutos magisteriales pero que actúe en el ámbito de la comunidad, en lo que llamamos pedagogía a cielo abierto”, explicó Briozzo. El objetivo de esta figura es “traccionar” a las y los estudiantes que hayan abandonado la escuela, desde una propuesta de reencuentro y contención. Con esta modificación en la dinámica pedagógica, intentar “generar pactos educativos que involucren a toda la comunidad” desde una mirada integral que no pierda de vista el componente social.
Pensar la escuela en singular ya no alcanza. En contextos atravesados por desigualdades estructurales profundas, es fundamental educar incluyendo la realidad de cada colectivo, de cada espacio geográfico, y así edificar futuros posibles de forma conjunta.